Tienes que leer (VI): Ajedrez para un detective novato, de Juan Soto Ivars

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Estaba yo en la sala de espera del dentista una mañana y después de culturizarme con la prensa del corazón, saqué un libro (librazo, realidad) del bolso. No recuerdo muy bien por qué llevaba yo en mi capaza casi cuatrocientas páginas pero el caso es que no acabé el día ni con dolor de espalda ni con dolor de muelas, sino con dolor de tripa, de ese que te daba cuando tenías que reírte por lo bajini en clase para que no te expulsaran. Y no, no es que creyera que me fueran a echar del dentista pero no quería que me tacharan de loca que llora de la risamientras lee una novela que nada tiene que ver con las andanzas de Kiko Rivera en el ¡Hola! A lo mejor tú no acabas con lágrimas en los ojos, yo es que soy muy de llorar cuando me da larisa tonta, pero tranquilo te aseguro que reírte, te ríes. Y mucho. Y bien.  Y lo más importante: con un murciano.

¿No te lo esperabas eh? Un murciano que escribe que te cagas y que además te hacer reír antes de que te saquen las muelas. ¿Qué más quieres, acho? Juan Soto Ivars se llama el chico y Ajedrez para un detective novato (Algaida, 2013) es su última novela. No ha llegado a los treinta pero no para de dar el follón escribiendo para que nos demos cuenta de que el talento le sale a raudales en este loco mundo de las palabras encadenadas. La cosa va de detectives, sí, novela negra de esa en la que hay asesinatos, asuntos turbios, escenas de crímenes imperfectos, gabardinas beige y chicas con secretos.

Y a pesar de que la historia engatusa y está pensada y escrita al detalle, lo que acaba por dejar en jaque a la reina es toda la parafernalia a la que Soto da rienda suelta cuando escribe. Tiene una voz propia inimitable pero es que, además, ha dado con el tono que mejor le va. La novela anda sola porque está entonada, está borracha de ironía y de humor. Parece, de hecho, que se ha bebido unos cuantos gintonics de pimienta y sátira y está en su mejor momento. Se ríe hasta de su padre. El novato que nos cuenta su vida es un negro (preguntadle por las ventas del libro de Belén Esteban) que lleva una vida tranquila y sosegada junto a sunovia ninfómana de dieciséis años. No desvelaremos cómo ni por qué pero acaba envuelto en una espiral de juegos de ajedrez, estrangulamientos de prostitutas y enseñanzas detectivescas a manos de un tal Lapiedra. Para enseñarnos todo este enredo, Soto nos lleva de la mano por el burdel en que se ha convertido esta España nuestra de charanga y pandereta hablándonos de tú a tú, sin reparos ni vergüenza, sin pelos en la lengua. Porque la verdad, con cachondeo, entra.

Así que, adelante, léete Ajedrez para un detective novato, ríete, descojónate, que no hace daño a nadie pero no pierdas de vista lo que está escrito. Pensarás a ratos que este rubiales con aires de Kurt Cobain te está tomando el pelo. Nada más lejos de la realidad. Se está comiendo todas tus figuras a fuerza de distracciones y carcajadas, te está dejando sinpeones y sin caballos despistándote con lujurias y palabras bonitas y se comerá a tu reina si no te das cuenta de que, en realidad, estás ante una novela de las buenas.

Ilustración de Inma Frutos

[Publicado anteriormente en C´mon Murcia!]

Tienes que leer (VI): Ajedrez para un detective novato, de Juan Soto Ivars

Tienes que leer (V): Cooltureta, de Moderna de Pueblo

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“Eso es postureo”.

Que levante la mano ahora mismo quien no haya postureado al menos una vez en su vida. Aunque haya sido “sin querer”. No veo ninguna mano, así que sigo con mi llamada a todos los seres que gustan de posturear en cualquier situación, ya sea mostrando pedicuras en la arena o haciéndose selfies con el libro más bonito de la librería sin comprarlo después. En fin, que la vida real ahora tan invadida por las redes sociales ha acelerado esta ola de moderneo de la que ya no podemos (ni queremos) escapar.

Lo importante es que lo veamos, lo aceptemos y, luego, nos riamos a carcajada limpia. Eso es lo que ha conseguido la ya mítica Moderna de Pueblo, esa rubia de cómic que siempre lleva unas Ray-Ban ocultando sus ojos. Su álter ego es Raquel Córcoles, una joven de Reus que llegó a la capi dispuesta a comerse el mundo moderno y a enamorarnos con su hilarante mirada de colores.

Después de Soy de pueblo (Editores de Tebeos, 2011) y Los capullos no regalan flores(Lumen, 2013), nuestra moderna de pueblo favorita nos ofrece en Cooltureta (Lumen, 2014) un estudio de campo sobre las aventuras y desventuras del perfecto y, sobre todo, típico, modernete.

Como no podía ser de otro modo, el prota del cómic, perdón, de la novela gráfica, vive en un barrio bohemio que fácilmente reconocemos los que alguna vez hemos paseado por las calles de Malasaña: cafés-librerías, tiendas de música en la que solo hay vinilos, paraísos de modavintage y una oferta cultural tan amplia como tus ganas de socializar con gente cool. Un catálogo de todos y cada uno de los prototipos de moderno: desde los que empezaron por aparentar y terminaron llevando el postureo a sus más altas cimas, hasta aquellos que siempre fueron unos nerds y por fin han encontrado su lugar en el mundo. Desde los cultos a losculturetas (si es que encuentras alguna diferencia entre ellos).

Todo ello cuidado hasta el ultimísimo detalle, ese que te hace reír porque lo reconoces en tu día a día: los títulos de libros que tenías que haber leído; películas documentales en lafilmoteca que te aburren soberanamente pero que disfrutas como si de X-Men se tratase; fiestas en las que es imposible encontrar algún hetero soltero; fotos de Instagram que te acribillan haciéndote querer una vida que no tienes pero que tampoco existe; y la difícil hazaña de encontrar el verdadero amor en los tiempos del postureo.

Un gran sentido del humor y una fina ironía llenan las páginas de esta novelita gráfica que se engulle a la velocidad de la luz dejándote ganas de más. Menos mal que siempre nos quedará su página de Facebook para disfrutar de las divertídisimas ocurrencias de la Moderna. Sin lugar a dudas, un indispensable para todo amante (u odiante) de la vida moderna.

A posturear. He dicho.

[Publicado anteriormente en C´mon Murcia!]

Tienes que leer (V): Cooltureta, de Moderna de Pueblo

Tienes que leer (IV): La habitación oscura, de Isaac Rosa

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Imagina que estás pasando el rato con algunos amigos. Que fumáis, bebéis y arregláis el mundo mientras de fondo se escucha rock and roll del bueno. Imagina que, de repente, se va la luz y todo lo que antes permanecía oculto, acaba emergiendo y os roza a todos la piel. Imagina que hueles, que tocas, que saboreas; que te saborean, te tocan y te huelen. Que ya no hay nada más en la estancia que un único cuerpo que experimenta todos y cada uno de los placeres de la carne y del alma a la vez. Imagina que, sin que os deis cuenta, acabáis explotando. Y ya solo chispas. Solo ceniza.

Algo parecido es lo que ocurre en La habitación oscura (Seix Barral, 2013) de Isaac Rosa(1974). Sólo leyendo la primera página acabas sumido en una espiral incandescente que te quema los dedos pero de la que te vuelves incapaz de huir. Con un estilo ágil, intrusivo e, incluso, asfixiante, este autor clave de la literatura española actual nos hace llegar una historia ficticia que asusta por su más que evidente realidad.

Un acertadísimo retrato social de nuestros días. Duro, negro y cruel: no hay trampa ni cartón, lo que hay en nuestras calles, en nuestros barrios y en nuestras ciudades fijado en las páginas de una novela cuya lectura, a veces, se confunde con la del periódico de ayer. Crisis, contratos precarios, despidos y desahucios se suceden a lo largo de una narración adictiva gracias al elemento de intriga en el que se apoya y cuyo protagonista es el juego de la privacidad enInternet. Y por si estos ingredientes te parecen pocos, aún hay más: el sexo en su versión más abierta y múltiple es el leitmotiv de esta habitación oscura que, sin embargo, se convierte en una habitación con vistas de alto voltaje.

“Una cara se encontró pegada a otra cara, sus alientos alcohólicos se imantaron, la lengua entró con fiereza, dientes chocaron, manos agarraron con fuerza cabezas para no dejarlas escapar, cuerpos rodaron, una nariz se clavaba en una oreja y al girarse encontraba otra boca caliente, una mano se metió bajo una camiseta, otra forcejeó con botones sin saber qué encontraría debajo, sonó una cremallera, una uña lastimó un pezón, diez dedos disputaron por un mismo broche. Nos dimos cuenta de que teníamos los ojos cerrados cuando el fogonazo traspasó los párpados, al volver la luz”.

Isaac Rosa disfruta escribiendo y tiene una capacidad envidiable para las descripciones que, por momentos, se vuelven cinematográficas. Consigue que el lector viaje al mundo de las sensaciones haciéndole sentir excitación, asco o angustia de manera tal que la lectura muta en experiencia física. Cuerpos y mentes disfrutados desde la mirilla de una puerta que sella laintimidad y la privacidad de quienes comparten un mundo donde la comunicación nos salva de una soledad y nos condena a otra.

Porque al final no somos más que eso, soledades andantes que buscan otras en los lugares más oscuros de la tierra, donde se está a salvo de miradas y de juicios. Donde se está a salvo de la decepción y del dolor.

Ilustración: Pablo Sandoval

[Publicada anteriormente en C´mon Murcia]

Tienes que leer (IV): La habitación oscura, de Isaac Rosa

Tienes que leer (III): Za Za, emperador de Ibiza, de Ray Loriga

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Es domingo por la tarde, hace un calor insoportable y Series.Ly te recibe con esa graciosa imagen del bicho ardiendo. Decides echarte un rato a leer y te encuentras con un libroestrambótico que te hace pasar del estado “odio a muerte los domingos” a “ojalá le quedaran horas a este maldito día”.  Za Za, emperador de Ibiza (2014, Alfaguara) es ese libro.

Si te has hecho mayor leyendo a Ray Loriga (1967) y Héroes o Caídos del cielo son algunos de los libros más subrayados de tu estantería, ¡cuidado!. Aquí vas a encontrar poco de ellos y del Loriga de antaño. Pero él no miente, dice que se ha cansado de aquel escritor que había soñado ser. Ya no es un jovencito y no se droga. Tiene hijos y los lleva al parque. Y a pesar de ello, sigue escribiendo. Y, oye, lo hace bien. Ha querido reírse de todo y de todos y ha escrito una novela disparatada con la que, evidentemente, acabas riéndote hasta tú.

Un camello retirado en la isla de Ibiza. Un cincuentón que viste bien y que desayuna café, cerveza y periódicos deportivos. Un antiguo vividor satisfecho de lo que hizo para conseguir el sosiego y la cotidianeidad de la que ahora disfruta. Zacarías Zaragoza Zamora: Za Za. Hasta aquí todo muy normal pero en pocas páginas empiezan a sucederse una serie de acontecimientos y de estrafalarios personajes que marcan lo que será el ritmo elocuente, divertido y maduro de esta novela de apenas unas breves doscientas páginas donde nos encontramos nada más y nada menos que un ex-camello emperador.

La mejor droga de la historia –esa que nos hace felices sin serlo- se llama como nuestro protagonista. También el barco más grande del mundo –ese que hasta tiene un criadero de pelícanos- tiene el nombre de ZAZA. ¿Acabará la última palabra del abecedario dominándolo todo?

Monos felices. Neurocientíficos locos. Labilidad emocional. Orgías. Zoofilia. Ingredientes sugerentes que Loriga combina como buen barman para obtener una novela inteligente e irónica donde lleva a cabo una revisión sobre la “felicidad vacía” que nos regalan las drogas, el lujo y el poder –legales y letales-.

“El mono no se tronchaba, el mono se descojonaba, se partía la caja, era el saco de la risa, el Michael Jordan de la juerga, el bajo el volcán de la euforia, el Himalaya del reír, el sherpa de la felicidad, el santo grial del me lo paso estupendamente, la muerte en Venecia de la gracia, el gran Gatsby del cachondeo, los hermanos Karamazov de la alegría. Era feliz el pobre animal, qué más quería.”

Quizá Ray Loriga (ese escritor al que todos quisimos por hablarnos de tú y por ser tan guapo –a qué negarlo-) ya no sea el mismo. Pero es que nosotros tampoco somos ya esos chavales. Así que para qué juzgarlo, si además de contar buenas historias sigue siendo el más atractivo de los escritores.

Ilustración de Inma Frutos

[Publicado anteriormente en C´mon Murcia!]

Tienes que leer (III): Za Za, emperador de Ibiza, de Ray Loriga

Tienes que leer (II): Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucia Ramis

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Me gusta leer en la playa. Me gusta que a los libros les dé el sol de cuando en cuando y que destiñan por no llevar crema solar. Me gusta, digo, que se llenen de arena y que caiga alguna gota de mar entre sus páginas como si fueran lágrimas de verano.

Probablemente tú lo veas más como un engorro que como un placer. Los libros se estropean, da dentera tocarlos y van soltando granos de arena ya por siempre.

Cuestión de gustos. Cuestión de perspectivas.

Si eres de los segundos, Todo lo que un día murió con las bicicletas (Libros del Asteroide, 2013) te encantará, porque abrir este libro es estar frente al mar, sobre la arena y bajo el sol tan sólo tocando sus páginas color crema.  No hay consecuencias físicas. Solo ficción. Y si eres de los míos, pero este año te quedas sin pisar la playa, leerlo te hará creer lo contrario y pensarás que hasta te has bronceado.

Llucia Ramis nos regala una novelita tierna y suave como una caricia de abuela. Advierte al inicio que no se trata de una autobiografía pero cuesta creérselo, porque  mientras lees, consigues sumergirte en una calita escondida llena de recuerdos de infancia y adolescencia tan puros, tan bien escogidos y relatados que, por momentos, te hacen revolotear por esos veranos que nunca tuviste en el norte del país o en Mallorca como si hubieran sido tuyos desde siempre.

Todo lo que un día murió con las bicicletas

La nostalgia es el velero en el que la escritora nos pasea para que conozcamos sus orígenes, sus marcas y sus particularísimas relaciones familiares. Sus intenciones son claras desde el principio:

“Podría decir que he venido a Salinas buscando respuestas, como en una novela romántica. Sería un autoengaño poético y poco más, una especie de psicoanálisis que me reinventará a partir de datos que desconocía para descubrir otros que no sabía que sabía, como ocurre siempre que contamos una historia. En realidad solo estoy aprovechando los precios de Ryaner y que el alojamiento es gratis para indagar en mis raíces, mera curiosidad. Saber quiénes fueron mis antepasados no cambiará mi presente ni me ofrecerá ese futuro que echo de menos. Seamos claros: esta es una huida para retrasar el momento en el que tendré que empezar de cero”.

Quien nos cuenta esto es una mujer de treinta años que no tiene nada y que, de la noche a la mañana, se queda en paro. Poco más sabemos de su presente y poco pensamos en su futuro pues son sus días de verano los que nos importan, con su olor a brisa marina y a primer amor. A juegos y daños de infancia. A abuelos mirados con inocencia de niño y cordura de adulto, con irracional y ciego amor de nieto a cualquier edad.

Los recuerdos de la protagonista rompen al igual que las olas en la orilla. Irregulares, sin orden, pero tan perfectas como solo puede ocurrir con el mar. El verano. Todos los veranos que tuvimos, los que no tuvimos y los que ya no podemos volver a tener están aquí, en Todo lo que una tarde murió con las bicicletas. Lee esta novela en la playa o en el sofá, el lugar apenas importa. Lee si estás de vacaciones o si te quedas trabajando en la oficina. Léelo porque solo al hacerlo se hará verano. Verano dorado y azul. Verano de niños. Verano de familia.

Ilustración de Pablo Sandoval

[Publicado anteriormente en C´mon Murcia!]

Tienes que leer (II): Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucia Ramis

Tienes que leer: Lolito de Ben Brooks

Lolito

Lolito. Sí, como Lolita de Nabokov. Lolito, como el libro con la portada más bonita de los últimos tiempos (Blackie Books, 2014)). Lolito, como una mirada transparente, cruel y honesta hacia la soledad.

Esta novela, escrita por Ben Brooks (Gloucestershire, 1992) duele. Duele cuando la lees porque vuelves a tener quince años, como Etgar, su protagonista. Duele porque revives sensaciones que ya dolieron en la adolescencia, esa época indecible que nos colocó en el camino que ahora intentamos sortear. Y sucede, al mismo tiempo, que te ríes. Te ríes de verdad sin sonrisillas tontas y melosas. Y eso es algo que hay que tener en cuenta a la hora de leer una novela, sobre todo, si antes o después ella misma casi te hace llorar.

Brooks, con tan solo veintidós años, va muy en serio y no solo escribe: escribe y además lo hace bien. Con un estilo fresco, simpático y casi irreverente, este jovencísimo escritor cuenta los sentimientos con una pasión  tan efervescente que acabas descubriéndote parte de ellos. Supongo que ahí radica su punto fuerte: no hay nada de impostura en lo que pone por escrito, todo parece tan real que no te extraña en absoluto que eso mismo pueda pasarte mañana o, incluso,  que te pasara ayer.

Leemos lo que le ocurre a Etgar cuando descubre que Alice, su novia guapa, simpática y adorable lo ha engañado. Leemos lo que le ocurre mientras está solo en casa, bebiendo para olvidar y recordándolo todo. Leemos su soledad, sus miedos, su rabia. Leemos también los poemas casi escatológicos que le escribe a Alice y leemos su tristeza. Leemos a un joven que busca  refugio en las ventanitas de los chats y a uno que acaba convirtiéndose en el lolito de una mujer con la que comparte necesidades pero no edades. Nos leemos a nosotros hace ya algunos años llorando por las esquinas y desaprendiendo lo que creíamos que era el amor. Nos leemos reconociéndonos antes, pero sobre todo ahora en reflexiones lúcidas, francas e hirientes:

“Lo que hace las cosas más difíciles de lo que son es cuando ves a alguien y estás seguro de que esa persona no quiere estar sola y tú sabes que no quieres estar solo pero no podéis no estar solos los dos juntos por culpa de algo como que ella tiene cuarenta y dos años y tú quince, o porque ella tiene hijos y a ti te espera tu madre en casa.”

Lo leemos a él y acabamos leyéndonos a nosotros mismos. Quizá, lo que ocurre, es simplemente eso.

portada lolito

Supongo que no todo el mundo busca lo mismo en una novela. Como ocurre con las personas, la ropa o los restaurantes. Cada uno busca una respuesta diferente. O quizá una preguntadistinta. Yo soy de las que prefiere las pijotadas en los restaurantes, las prendas básicas y la gente a la que se iluminan los ojos cuando habla. En una novela busco más preguntas que respuestas y frases, muchas frases que subrayar. También me gusta encontrar secretos (míos, suyos, de ellos) y sentir que soy amiga de los protagonistas para poder decirles en cualquier momento algo así como “Estás loco si haces eso” o “Joder, qué habría hecho sin ti”.

Evidentemente esas cosas no pasan cada vez que abres una novela así que cuando tienes la suerte de experimentarlo, al igual que cuando conoces a una persona que no te puedes quitar de la cabeza o comes en el mejor restaurante del universo, lo único que quieres hacer es enseñárselo a tus amigos, convencerlos para que se unan a tu liga de descubrimientos que hacen que la vida merezca la pena.

Esa es la razón de esta entrada (y de las que están por llegar). No puedo hacer otra cosa que deciros “Leed. Leed esta novela. Leed aquella otra. Ha sido un gran descubrimiento. Está cambiando mis preguntas. Sé que te encantará.” Así que a partir de ahora os hablaré de libros que leo, que me gustan y que estoy deseando que leáis y que os gusten. ¿Qué hay más interesante que hablar en el mundo real de los mundos irreales?

 Ilustración por Pablo Sandoval

[Publicado con anterioridad en C´mon Murcia]

Tienes que leer: Lolito de Ben Brooks